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La mirada disputada: Imágenes de la periferia social y la emancipación crítica

  • Gabriel Fonseca
  • 4 jun 2023
  • 3 Min. de lectura

Desde el pasado marzo, La Virreina acoge en sus salas la exposición La Ciudad en disputa, en donde los comisarios María García Ruiz y Moisés Puente seleccionan la vivienda social en el sur de Europa —Italia, España o Portugal— a mediados del siglo XX como punto de partida para reflexionar sobre las posibilidades de la imagen para articular discursos y procesos sociales, y a la vez, evidenciar la vulnerabilidad de la mirada.


Entre las variadas imágenes de las salas, destacan las tomas del film Case per il popolo de Damiano Damiani, las cuales muestran las volumetrías de un edificio vacío de paredes rosa y techo blanco contrastado con unas persianas y cielo verdoso. Sontag comentaba la imposibilidad de lo fotográfico de escapar de la estetización, idea que puede hacer eco en el caso de Damiani, que a la vez, es repetitivo en el resto de los objetos de la muestra. Porque lo problemático reside en el hecho de que la casa para el pueblo está vacía. La paradoja de la vivienda social reducida en una imagen. La arquitectura ha acompañado a la humanidad desde los inicios de la sociedad y la eventual profesionalización no hizo más que regularizar los dibujos arquitectónicos como sinónimo del espacio para habitar. No obstante, la brecha entre el espacio tridimensional y la representación bidimensional han evitado a su supuesto protagonista: lo humano. No es extraño, que en congruencia con el interés general de La Virreina, esta exposición compile una serie de imágenes que ante su tácita estabilidad, se desdoblan para generar desconfianza.

Case per il popolo, Damiano Damiani, 1953.

Los recurrentes textos mediadores en cada sala recuerdan la advertencia implícita de un centro de la imagen: más que dejarse seducir por la belleza de las formas, conviene adherirse a una lectura precavida con datos que enmarquen la mirada. ¡Que perversas son las imágenes! Porque tienen una capacidad infinita de metamorfosis semántica. La mirada se posiciona como uno de los sentidos más fieles a la objetividad humana, pero a la vez, es la causante de los juicios traicioneros. Basta con dar un vistazo a las fotografías del Censo de infraviviendas de Madrid para encontrar belleza en la decrepitud de los cuerpos sin techo de las mujeres de la periferia. El espectador no sólo se involucra en esta dinámica sadista, sino que se hace cómplice de la criminalización a la que alude la exposición. Porque la vista también categoriza, y al visibilizar esto, la distancia entre la mirada policial y la mirada personal se acercan. ¿Hasta qué punto es la mirada la principal constructora de las periferias humanas?


En la exposición, la evidente distancia entre el centro y lo periférico, queda indefinida en una posición ambigua. Al respecto, la arquitectura y sus imágenes se materializan bajo el matiz de la civilización moderna: puerta de entrada, salón, cocina, dormitorio o balcón. Miles de metros cuadrados de cemento para albergar ilusiones y supuestos recién iniciados en la sociedad oficial. La acumulación de plantas, cortes, axonométricos y maquetas arquitectónicas a lo largo de todas las salas da la sensación de los proyectos de vivienda como verdaderos laboratorios en la época: mientras que los arquitectos jugaban a las casitas con conejillos de indias, los políticos aseguraban la erradicación de la molesta otredad y se condecoraban con una estrella en el pecho. La exposición muestra un catálogo de variedades arquitectónicas, o bien, las mil y una formas de enmascarar un problema. Porque, aunque el acceso a la vivienda era uno de los factores causantes de la brecha social, lo arquitectónico no atacaba las raíces de la desdichada periferia.


Curiosamente, la finalización de esta exposición ha coincidido con un polémico e inquietante cambio político a nivel nacional y local, que probablemente no dejará lo cultural aislado del fenómeno democrático. En Barcelona, las periferias se han disuelto dentro del tejido urbano y la identificación de lo periférico puede resultar complicado. La Virreina apuesta por entrenar la mirada frente a la estetización de las imágenes de la realidad, donde por medio de la desconfianza de la visión, remite a preguntar en qué nos diferenciamos del pasado. La ciudad en disputa no sólo propone reflexionar sobre un espacio público tensionado a nivel social, sino que visibiliza la batalla pública por la monopolización de la mirada.



 
 
 

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